Dalai Lama
Cuando el Dalai Lama pasa reina el silencio. La gente ansiosa se mantiene en calma y lo espera instalada en una reverencia congelada, con el cuerpo encorvado y las palmas de las manos juntas una contra otra a la altura del pecho, la cabeza gacha y los ojos hacia arriba, mirando hacia él.
Tenzin Gyatso camina lentamente por el pasillo del templo Tsuglagkhang, han terminado las enseñanzas, arropado entre el amarillo y el rojo de su traje de monje mira a la gente detrás de los grandes lentes cuadrados que lo caracterizan, intercambia miradas apacibles con los ojos iluminados de quienes lo miran pasar. Verlo a sólo unos pasos te permite apreciar el movimiento lento de su bondadosa sonrisa, que pareciera permanente, el detalle de sus ojos al entrecerrarse y sus manos que regresan agradecidas la reverencia de la gente que está frente a él.
Algunas veces la gente se voltea a ver y se sonríe mutuamente después de que el Dalai Lama se ha alejado, exhalan a un tiempo la respiración contenida, se alegran de compartir la maravilla incorpórea que emana de su presencia que sin embargo es muy tangible, y que llena el espíritu sin reservas.
Los monjes reparten pan salado, té de mantequilla y té negro con leche mientras el Dalai Lama habla apacible y ríe jovial, una mujer lo traduce por el altavoz al coreano mientras corren al mismo tiempo traducciones al japonés, al chino, al inglés y al español. Los mandriles brincan por los techos del templo amarillo. El aire se guarda sólo para nuestra respiración y sus palabras, la atmósfera quieta y concentrada se caracteriza por el respeto y la serenidad.
Entre las montañas del Himalaya está McLeod Ganj, en Dharamsala, al norte de la India. Reside aquí el gobierno del Tibet en el exilio. En el Pequeño Lhasa está la residencia del Dalai Lama, líder político y espiritual del pueblo del Tibet. Él no está aquí todo el tiempo, por lo que su presencia siempre es un regalo inesperado, puro, bueno. Su gente lo recibe con bondad en el corazón, mientras suenan vientos y percusiones sutiles y solemnes.
Corre el viento frío entre las calles de McLeod Ganj, donde suenan los gongs en la madrugada desde los monasterios y se oye el murmuro de los rezos. Llueve por las tardes ya casi de noche, pero sale el sol hasta la tarde. A las tres concluyen las enseñanzas.








La respiración se me corta: “exhalan a un tiempo la respiración contenida, se alegran de compartir la maravilla incorpórea que emana de su presencia que sin embargo es muy tangible, y que llena el espíritu sin reservas.” ESta imagen es preciosa, fuertísima.
La imagen de la bondad, de la tranquilidad de espiritu.
La fortaleza de la paz.
Hermoso.
Me quedo sin palabras, pero con el corazón rebosante de tranquilidad, de armonía.
Porque es así, tan intangible e innegable, su misma gente lo llama Kundun, la presencia.
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