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Telefon Tel Aviv

22 August 2009 Todo callado

Paseo esta mañana por Tel Aviv en bicicleta, me pierdo un poco por sus calles hasta dar con el Tel Aviv Museum of Art. Es sábado, shabbat, el séptimo día en la semana judía y día de descanso. A eso atribuyo lo desértico de sus calles, y agradezco la tranquilidad para poder andar a mis anchas en esta bicicleta blanca con canastilla y asiento cómodo y amplio para pasear por la ciudad.

Llego al Museo y me recibe un mural enorme de Lichtenstein, una exposición de fotografía sobre Andy Warhol y una retrospectiva de Amos Gitai, veo una parte de “Alila” y luego “Berlín/Jerusalem”, una joya excéntrica que me recuerda a “Freak Orlando” y a “La montaña sagrada”.

Paso en el museo toda la tarde, refugiándome del calor y disfrutándo de un material cinematográfico cuya reunión es única y difícilmente capaz de volverlo a topar. Aunque hoy sólo estuvimos a 31 grados, la humedad de Tel Aviv me hace sudar, como nunca, a borbotones. Como al aire libre cerca de la costa y corre una gota de sudor por mi espalda, recorro la ciudad y mi cara transpira, mi espalda se llena de rocío. Mi pelo se enrrolla y explota con la sal y la humedad.

Salgo del museo y me dirijo hacia la playa, paso un buen número de horas echada al sol. Leo y escucho música, tomo fotos, se hace de noche, veo el atardecer y me pongo de pie, mi cuerpo está lleno de arena. Conduzco para devolver la bici y regreso al hostal. Elisha me invita a cenar a su casa. Me ducho, tengo arena hasta en los dientes, camino hacia su casa para cenar y cuando llego soy de nuevo una sopa. Son las 10.30 de la noche.

Durante la cena Elisha, Noam y Eric me preguntan sobre mi viaje, sobre Israel, sobre Jerusalem. Les digo que nunca me ha impactado de una manera tal el conflicto. Especialmente en Jerusalem, donde el conflicto se siente en el aire. Les hablo de Belén y de Taoufiq y me cuentan de “Breaking the silence”, una ONG de ex combatientes israelíes que hablan sobre su experiencia durante el servicio en los territorios palestinos ocupados.

Eric fue víctima de un atentado terrorista en un camión, y está ahí sentado junto a mí, tiene un humor peculiar y regresa a los Estados Unidos en 2 meses después de haber vivido 10 años en Israel, y haber sido parte del ejército israelí. Su experiencia, que no aborda con ningún dejo de seriedad ni tragedia nos conduce a la infancia de Elisha y Noam, que vivieron de pequeños la Guerra del Golfo. Eric nos cuenta lo que es estar dentro de un tanque, de los blind spots que nos remiten a Tinanmen en el 89.

Welcome to Israel! me dice Elisha, al notar mi cara estupefacta ante la narración de esta vida cotidiana, que se aborda ya con bromas, con cierto negro humor. How to make it to survive? me dice Noam, quien luego reconoce que siempre hay un temor latente, en el día a día al abordar un camión, cuando va lleno, repleto, ¿y si de pronto ¡BUM!?

Justifico mi desconcierto diciéndoles que hasta ahora el conflicto lo había suscrito a la ficción, a los libros de historia, a las transmisiones en televisión muy lejanas. Les cuento que la primera guerra que vi en televisión fue la Guerra del Golfo, una tarde en casa, con un mapa y la voz en off interrumpida por interferencia en la radio. Del otro lado del mundo, sentía la Guerra ahí, una niña de 8 o 9 años.

Aquí todos conocemos a alguien que conoce alguna víctima de algún atentado, una separación de dos grados, o alguna familia con víctimas mortales de haber servido en el “Army”, una separación de un grado.

De niños durante la Guerra del Golfo las sirenas sonaban cada noche, entonces había que ir hacia ese lugar en la casa alejado de toda ventana, sellar las puertas con “tape” y colocar una toalla mojada en la ranura inferior de la puerta. Y tener listas las máscaras, todos en casa debían tener una máscara, y como era tan terrorífica como lo sigue siendo su imagen ahora, para los niños había una bolsa de plástico especial con ranuras para poder respirar que guardaban en una caja, y debían portarla todos los días a la escuela.

Elisha dice que ahora no vivimos en guerra. Eric responde que la guerra cotidiana del temor y la segregación es una guerra aún no ganada. Durante la guerra con Líbano Noam vivió en el norte, a escasos metros de su casa cayó una bomba. I was scared, cómo dudarlo. El miedo aún lo persigue en las tardes llenas de gente en los camiones.

Aún así no son herederos del odio, me hablan sobre Palestina y me regalan un mapa del West Bank, elaborado por Peace Now, en 2005, quisieran darme una versión actualizada pero sólo la tienen en hebreo. En él puedo ver la densidad de población de cada una de las ciudades del West Bank y los asentamientos judíos que también hay, detrás de la Green Line.

Me dicen que no me asuste, que, como me dijo la chica mexicana en el café en Jerusalem, este año no ha pasado nada. Yo siento una ansiedad en la panza, la ansiedad de esta vida cotidiana, llena de contradicciones que me cuestan trabajo asimilar, que conviven día a día pero que no me caben en el mismo saco.

Pasan por mi cabeza las imágenes de la gente esta mañana bañándose en la playa, de los visitantes en sus “early 30′s” en el Museo con sus niños en carreolas, la imagen de Noam y Elisha con sus cajas cafés en la espalda rumbo a la escuela -en caso de necesitar las máscaras. El accidente de Eric y los camiones llenos de gente. El muro en Belén y el primer memorial del Holocausto en el barrio judío en Jerusalem.

Este nudo no se pasa con un trago de agua.

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