Distrito Federal
Una mujer canta en el metro una canción que le he escuchado a Lila Downs, la reconozco. Ella es vieja y de estatura pequeña, también ciega. Al tiempo que canta mueve con un ritmo ininterrumpido su vaso, su voz y ese sonido no van al compás. Tiene el pelo cano y se lo sujeta con una liga de Rugrats en una cola de caballo. Viste un suéter naranja, lleva un bastón de metal. Nadie le da una moneda.
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Regreso después de muchos años -sin un dejo de melancolía- al Parque México. Hace sólo unas semanas volví a ser habitante regular de esta ciudad. Quedo de verme con Héctor y tomamos un café sentados en una banca. En mis ojos los hongos metálicos verdes -ahora de proporciones mínimas- que entonces escalaba. El recuerdo del olor a las Tortas que había en aquella esquina, muy cerca del que sigue siendo un Taller para bicis. Una imagen de mí vuelve de pronto, inesperada. Tengo 7 años.
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Un taxista me mira por el retrovisor y me pregunta qué perfume traigo. Es una loción corporal, le digo yo. A qué huele, continua. Me parece que a rosas, le digo. Me cuenta que fue a Franiche y logró que le clonaran el aroma de algún perfume caro, para su novia. Me acuerdo de su anécdota al caminar sobre la calle de Tacuba, voy pal Centro.
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No recuerdo la única torta de tamal que me he echado. A la mañana siguiente Óscar me cuenta que al salir del Foro Sol devoramos con gran hambre cada quien una. “Pero si nunca he comido una torta de tamal”, le digo yo. Él me contesta: “Sí, exactamente eso fue lo que me dijiste”.
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Estamos en el lagartijero de la ENAH, aún no comienza nuestra clase. Llega Raúl y me dice: “Fui a Tepito y me acordé de tí”. Llevo un año de vivir en esta Ciudad y me satisface recibir esa señal tan natural de que de alguna manera ya le pertenezco.
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Nos hemos topado últimamente con muchísimas ratas. Una que salta y se inserta muy hábil en un hoyo pequeño, en las paredes del metro. Otras que se regalan a sí mismas un festín, regodeándose en medio de la basura que alguien dejó a media calle en la Colonia Roma. Otra entrando a la coladera de un hotel. Cuando desaparece, volvemos la mirada hacia arriba, vemos la altura del edificio y hasta arriba, su nombre. Caminamos rumbo a Cuauhtémoc.
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Bajamos en metro Tepito y nos recibe cualquier rola de Michael Jackson, sin haber aún dado un paso. Acaba de morir. Rondamos las filas de puestos en busca de algún video de ficheras, no encontramos nada. Lo vemos bailar y bailar, una y otra vez, el mismo video. En el metro anuncian a diez pesos su discografía completa o sus veinte mejores videos. Por días enteros, nos persigue su fantasma y no nos deja descansar.
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Subo de noche a un taxi. Por su voz áspera, su rostro y el pelo cano levemente ondulado y apenas controlado con gel, pienso en Bukowski. Vamos para Coyoacán. Me dice que vaya a visitar la exposición sobre la miel, que compre luego “buena miel” y me tome una cucharada diaria cada mañana: “Usted va a ver”, me dice, “Usted va a ver”.
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Viajo en metro. Me cruza por la mente la imagen de dos vagones en contra sentido encontrándose cada uno en su respectivo riel. Voy en el último vagón. Un inviduo incauto saca de pronto por la ventana su cabeza. No se percata de esa sincronía fugaz pero fatal. Un grito ahogado, un crujido infernal. La cabeza cercenada del tipo se embarra y se deshace en contra de nuestro vidrio. Nos salpican algunas gotas de espesa sangre, y partes de su cerebro.








En serio viste esa última escena?? Nooooooooooooo, es horrible. Terrible.
Me encanta reencontrarme con tus palabras, con tus historias, con tus recuerdos. Me impresioná encontrarme con una figura conocida, que pocas veces he entrevisto en palabras de otros.
Sabes, tanto el fantasma de Michel Jackson como las ratas de la Roma son recuerdos inmejorables. A pesar de lo feo que son las dos.
Pero nada, nada como comer tlacoyos los sábados por la mañana con el pelo húmedo y una sonrisa tibia en los labios.
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