Shingie
Alguna vez me pregunté qué pasaría con el Facebook de alguien que hubiera muerto. Nunca pensé estar en la situación de tener el impulso de buscar a alguien de pronto, sabiendo que ya no está.
Shingie murió en marzo de este año y lo supe al recibir un correo de Julio desde Paraguay, sorpresivo y helado, que me puso a llorar de manera incontrolable primero frente a la pantalla del computador y luego en el ciber cerca de mi oficina mientras checaba mi Facebook, y poco a poco armaba las piezas de lo que había sucedido.
Es difícil comprender por qué de un momento a otro todo puede cambiar así. No hay otro poder alguno. No sólo porque lo que sucede es irremediable, sino porque vives a 15 mil kilómetros de su hogar, Harare, la capital de Zimbabwe. Y a otros cientos o miles de quienes construimos una amistad juntos con ella.
En casa le puse una ofrenda, al lado de Hanuman y Ganesha, con un ramo de rosas blancas y dos fotos que le tomé cuando estuvimos juntas. Todo me parecía increíble.
Aún me parece que puedo oír su voz, su risa, que puedo abrir Skype y podemos charlar cualquier día, o que la topo en Google Talk y chateamos, como una de tantas veces que no voy a olvidar. Como aquella en que estaba en medio de la crisis postelectoral del dictador Mugabe, cuando temía usar el teléfono por espionaje, o tenía minutos entrecortados de conexión web debido a los constantes apagones. Aún puedo releer esa conversación y recrearla, recrear en la imaginación sus crónicas sobre la represión, la organización popular a través de textos en los celulares, el miedo en sus palabras.
Aún imagino que nos toparemos de nuevo en Londres para ir a tomar un Caffé Nero por la mañana antes de llegar a trabajar durante el fin de semana en las oficinas de Amnistía.
Aún quiero ir a visitarla a Zimbabwe, verla con James, celebrar su cumpleaños juntas, como celebramos el mío hace dos años, descubriendo un pastel sorpresa en la habitación al regresar de nadar, el día que la vi subir por primera vez a un tobogán, experimentando un juego nuevo como una niña.
Shingie, al mundo le haces falta. Tu valor, tu fuerza, tu trabajo, tu alegría, tu esperanza. Tu inspiración. Hoy entré a tu Facebook y te dejé un mensajito iluso que parece real, me encontré un video de tí en tu muro que me hizo volver a llorar y ponerme a escribirte.








Hermosa, que triste es perder a alguien al que quieres tanto y que te ha dejado tanto. Lo siento mucho, lo sigo sintiendo mucho.
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