Mi última noche con el abuelo

Esa tarde me llamó mi mamá desde Monterrey, me dijo: Ve a ver a tu abuelo.
Había estado internado desde el sábado y esa mañana le había dado lo que sospechábamos fue una embolia. Caí en pánico. Salí rumbo al hospital en taxi, crucé la ciudad. Había perdido la vista por unas horas, pensábamos que eran sus últimos momentos.
Esa noche me quedé a hacer guardia, esa fue mi última noche con el abuelo. Un día después una infección en el riñón y una neumonía lo llevarían a un cuadro de crisis de la cual apenas logra reestablecerse.
Mi abuelo había dormido todo el día, entonces había recuperado ganas para platicar toda la noche. Recuerdo la fuerza de su voz, que aún me daba paso al temor de que no dejara dormir a alguien. Esa fue la última noche que verdaderamente platicamos. Primero el trabajo empezó por recordarle quién era yo, hablarle de Monterrey. Unas horas antes habría abierto los ojos y reacccionado ante la voz de mi madre que le llamaba por el celular: Te quiero mucho papá, ánimo, échale ganas. Mi abuelo, que parecía dormido, reaccionó de súbito y me dijo con una voz fuerte pero inaudible para ella: dile que también la quiero. Dice que también te quiere, le dije a mi mamá.
Esa noche mi abuelo iba y venía a ratos, me parecía que vivía más en el mundo de su mente que en la realidad de cama de hospital. Seguro era más placentero. Monterrey quedó en su mente rondando un rato, no había comido en días pero escuchó que de cena llevaban sandía, le pregunté si quería y se rió para después decirme: en Monterrey no se da la sandía. Preguntó por mi padre y luego por su “pingo”, mi hermano. Mi abuelo siempre nos llamó así, a sus nietos, “pingos”. Todavía estaba consigo mismo.
Para mi abuelo enorme parte de su vida fue el trabajo, siempre iba con saco y corbata, y al regresar lo esperábamos en la puerta y nos daba Creminos. Ese fue el tema de la noche, con plena lucidez me contó cuando trabajó en migración, cuando llegaron muchos chinos, hablamos de la presencia China en México y también de los exiliados españoles del franquismo. A la media noche estaba fresco como una lechuga, le preguntaba a los enfermeros la marca de todos los aparatos que veía a su alrededor, yo les explicaba que había trabajado en el Seguro Social comprando los insumos para las clínicas de todo el país. Me explicó cómo calculaban las cantidades de compra a partir de los récords de consumo de cada estado. Cuando no reconocía la marca de algún aparato, hacía una curva con los labios, levantaba las cejas y los hombros como en una expresión de no tener idea y riéndose un poco, como si les dijera: ahí ustedes sabrán…
Así pasó la noche, de pronto se quedaba viendo a la nada en silencio, en una de esas para sacar plática le pregunté, ¿en qué piensas abuelo?, su respuesta me dejó helada: Ay hija -me dijo-, estoy aprendiendo a no pensar…
Mi abuelo tenía ese tipo de frases, como sentencias que lanzaba en medio de cualquier conversación seria, que te daban la impresión de sintetizar alguna verdad sumaria producto una seria reflexión, cruzada por una rica experiencia de vida. Esa noche, después de compartirme una serie de quejas sobre su trabajo en el gobierno, se quedó en silencio… le dije, para retomar el hilo de la conversación, hay que tener paciencia… a lo que replicó de inmediato y sin chistar: No hija, en el gobierno no hay paciencia, hay intereses… hablaba con los ojos cerrados.
Su trabajo dominó el resto de la noche, en una etapa ya más bien de alucín en la que mi abuelo se olvidó de su cuerpo encamado, porque tenía la seguridad de que estábamos en su ambiente laboral y que tendríamos una junta en cualquier momento. Me hablaba de oficios, yo detesto los oficios. ¿Qué hora es?, me preguntaba. Son las 4, le decía yo. -¿Las 4 de la tarde?, -No, las 4 de la madrugada. Se sorprendía momentáneamente, pero la hora real era un elemento absurdo que no encajaba en su propia narrativa…y nos quedábamos ahí, yo recargando la cabeza adormilada en el barrote de su camilla, él acostado… esperando la nada, en medio de la oscuridad, con una poca de luz blanca…
Ha pasado una semana y media desde esa noche de martes. Hoy, después de la crisis, mi abuelo ha perdido su voz, que es ahora apenas un balbuceo que me da la impresión de reptar agotada a través de su garganta, para salir apenas como un suspiro. Me habla, me apunta de pronto con un dedo indicativo hacia cualquier lugar, como si tratara de explicarme algo, pero yo soy totalmente incompetente para comprenderlo.
Por eso recuerdo su viva voz, su risa leve que ahora me parece la más sonora, la hilación de sus palabras, la brillantez de su mente, la fuerza de sus manos para tomar el botecito pequeño de agua. Ahora sorber el popote para saciar su sed es el mayor esfuerzo.
Qué difícil es tratar de no llorar estando a su lado, sola en el hospital. Así hemos estado hijos, primos, tíos y nietos. A veces no lo logro, pero me salvan los largos periodos de duermevela de mi abuelo entre sueño y olvido, y esta pluma y esta hoja de cuaderno cuadriculada donde cada uno de nosotros escribimos el día, la hora y lo que pasa, para que el que siga en la guardia pueda leerlo y comprender un poco más…
Me pregunto si el sueño del abuelo, casi permamente a lo largo del día, será también un acto voluntario como eso de aprender a no pensar…








lulú mucha fuerza.
comprendo y comparto tus letras. te abrazo bien fuerte
Y tú siempre fuiste y seras Vianney para él.
Te quiero
Gracias hija por compartir tus palabras. Te quiero
Preciosas palabras.
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