Me encuentro sentada en el piso, en la esquina derecha de una pequeña gompa que se encuentra justo al entrar a Swayambhunath, una stupa budista al Oeste de Katmandu.
Frente a mí hay 13 estatuas de piedra de Buda, recargadas sobre la pared, bañadas en rosa. La gente entra y ejecuta sus ritos, una señora en un saree verde le platica, le habla, y yo me imagino por el tono de su voz un tanto sufriente, que su plegaria está llena de dolor. Rocía el arroz que tiene en sus manos, primero colocándolo en las manos de la estatua principal del Buda, que es ligeramente más grande y lleva un collar de flores amarillas, luego sobre su cabeza y al final lo esparce por el aire en medio de todo el cuarto. Enciende 3 rollos blancos de incienso, que parecen tabacos, los pone en la boca de la estatua y luego …
+ Más... »Cómo capturar el vuelo de un ave en medio de los Himalayas, cruzando la niebla, dueña absoluta del espacio, que sortea suave, sutil y soberbia. La inclinación de su cuerpo de alas extendidas justa, perfecta. Imagino el sentir del viento fresco cortar entre sus alas, romper contra su rostro, su pico, su cabeza pequeña de ave, que domina el aire, que obliga al viento a hacerla flotar.
Vuelan en grupo las aves en McLeod Ganj, grupos de tres o de cuatro, dan vueltas, las espío y no sospechan la presencia humana, porque su residencia está más allá, porque no hemos podido -por fortuna- adueñarnos de manera absoluta del cielo, que les pertenece.
Su vuelo les divierte, su vuelo me suena a libertad, a una sabiduría incomprensible, su vuelo toca mis ganas de hacerme aire y flotar, lejos de mis manos, de mis brazos, de mis piernas, tener alas, dejarme acariciar por el …
+ Más... »Cuando el Dalai Lama pasa reina el silencio. La gente ansiosa se mantiene en calma y lo espera instalada en una reverencia congelada, con el cuerpo encorvado y las palmas de las manos juntas una contra otra a la altura del pecho, la cabeza gacha y los ojos hacia arriba, mirando hacia él.
Tenzin Gyatso camina lentamente por el pasillo del templo Tsuglagkhang, han terminado las enseñanzas, arropado entre el amarillo y el rojo de su traje de monje mira a la gente detrás de los grandes lentes cuadrados que lo caracterizan, intercambia miradas apacibles con los ojos iluminados de quienes lo miran pasar. Verlo a sólo unos pasos te permite apreciar el movimiento lento de su bondadosa sonrisa, que pareciera permanente, el detalle de sus ojos al entrecerrarse y sus manos que regresan agradecidas la reverencia de la gente que está frente a él.
Algunas veces la gente se voltea a …
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